Una boina. Una falda de tul. Un sombrero vaquero. Un ramo de cempasúchil.
Entre estos elementos aparentemente distantes se construyó el relato del Gran Desfile de Otoño de El Palacio de Hierro, una celebración de la moda que tomó como escenario la monumental plaza de toros México para presentar las tendencias Otoño-Invierno 2026.

La inspiración partió de un diálogo entre París y México. Dos imaginarios con códigos propios que, sobre la pasarela, dejaron de ser territorios separados para encontrarse en nuevas siluetas, texturas, colores y formas de llevar la moda.
Durante el desfile, 60 modelos presentaron 135 looks en un recorrido que comenzó con la luz de una mañana parisina y avanzó hasta convertirse en una noche profundamente mexicana. La transición fue también una invitación a mirar la temporada desde distintas perspectivas: los clásicos reinterpretados, la nostalgia de los materiales naturales, el dramatismo del blanco y negro y, finalmente, el espíritu festivo que anuncia los meses de celebración.
El regreso de los clásicos
La temporada comienza con prendas conocidas que adquieren una nueva personalidad. Rayas, estampados, colores definidos y siluetas renovadas conviven con referencias al streetwear y a la estética deportiva. El resultado es una elegancia menos predecible, construida a partir de piezas que pueden transformarse según la manera de llevarlas.
Una elegancia heredada
El otoño cambia de ritmo y se vuelve más íntimo. Los tonos de la tierra, los tejidos de mayor peso y los cuadros evocan paisajes, recuerdos y piezas que parecen haber pasado de una generación a otra. La naturaleza se convierte en inspiración para una moda cálida, envolvente y deliberadamente nostálgica.

Después de las luces
El blanco y negro anuncian la noche. La sastrería adquiere una presencia más contundente y las camisas, corbatas y corsets juegan con las proporciones para crear una imagen sofisticada y urbana. Es el momento más teatral del recorrido, donde la estructura se encuentra con la sensualidad.
Una noche para celebrar
El cierre abandona la contención y apuesta por el color. Encaje, satín y volúmenes acompañan una paleta de rojo, azul, verde y blanco que anticipa la temporada de fiestas. Las medias cobran protagonismo y los bodies aportan una dosis de audacia a las propuestas masculinas.
La pasarela reunió una selección de firmas internacionales y mexicanas que incluyó a Adolfo Domínguez, Alaïa, Balmain, Chloé, Christian Louboutin, Courrèges, Isabel Marant, La DoubleJ, Longchamp, Macario Jiménez, Maje, Missoni, Pucci, Sandro, Simorra, Stella McCartney, Swarovski, Ulla Johnson, Victoria Beckham y otras casas que forman parte de la propuesta de El Palacio de Hierro.
Más que presentar una temporada, el desfile construyó una atmósfera. París apareció en sus códigos de elegancia, México en sus colores, texturas y símbolos, y la moda hizo el resto: encontrar un lenguaje común sin borrar las diferencias.
El resultado fue una noche donde tradición y contemporaneidad caminaron juntas sobre la misma pasarela, recordándonos que el verdadero lujo también está en la capacidad de reinterpretar aquello que conocemos y convertirlo en algo inesperado.


